Un terrorista, dos terroristas o solo peruanos que piensan distinto

Por: José Espinola

Antropólogo Social

En nuestro país hay un capitalismo popular (poco estudiado) que se ha ido consolidando atravez de los años, fusionando costumbres ancestrales, moral cristiana y laica con aspiraciones de modernidad occidentales. Un capitalismo con ética popular, lleno de matices de solidaridad, que resalta el esfuerzo y el trabajo duro, la picardía, la creatividad y la osadía en cuanto a innovación se refiere. Los estilos de vida urbanos y rurales han mejorado ligeramente, gracias a ese capitalismo popular.

Ese capitalismo popular no conoce de derechas o izquierdas. Solo quiere soluciones prácticas a sus necesidades para seguir desollándose en un escenario global. Generar mejores condiciones para que ese capitalismo popular se siga extendiendo, perfeccionando y generando mayor bienestar es una tarea muy difícil, pues se topa con un sistema político corrupto y mercantilista sostenido por poderes económicos y prejuicios de clase que no quieren perder privilegios.

Ese sistema se impuso desde que nacimos como colonia. Luego con la fundación de la república peruana cambió un poco la situación, solo un poco, pues las estructuras de ese viejo esquema siguen vigentes. Un sistema que teóricamente te reconoce igualdad de derechos y oportunidades, pero en la práctica te los niega o limita. Esta situación cala en la conciencia ciudadana y la indigna.

Los peruanos pedimos las mismas oportunidades para todos. Pero no todos gozan de ellas para mejorar sus condiciones de vida. Esto se nota más en la periferia de las ciudades, y, en zonas rurales. Hay mucho peruanos que viven aún en condiciones de miseria, y no podrán salir de esa condición si no gozan de mejores servicios y oportunidades.

En nuestro país, la justicia y la verdad, en muchos casos, juega a favor de quien otorga el mejor precio. Los servicios básicos siguen siendo de baja calidad, y aún no son de cobertura universal. Hay pueblos que en pleno siglo XXI no tienen agua potable, luz eléctrica, internet o carreteras. Y la vida o la muerte de los pobres sigue importando nada frente a los que mantienen privilegios.

La política sigue apestando tanto como antaño, o quizá más, pues actualmente los medios de información tradicionales y concentrados entrevistan y presentan a los políticos más inefables como paladines de la verdad, la moral, la justicia y la democracia. ¡Un asco!

En las ciudades principales de la costa importa poco lo que pasa en las zonas rurales. El desprecio hacia el ciudadano que vive en contextos diferentes a la ciudad sigue vigente. Y si se es de algún lugar profundo de nuestro país, el desprecio es mayor.

En nuestro tiempo, hasta las marchas o protestas tienen privilegios. Por ejemplo, todos los que marcharon (contra Castillo) son paladines de la paz y la democracia, pese a su sectarismo y los millones gastados en montar sus movilizaciones. Ellos no tuvieron a policías y militares que los infiltrara, los sabotee y los ataque ni con bombas lacrimógenas, ni con armas. Al contrario, a ellos los defendía, y los defiende los políticos que auspician los poderes económicos y la prensa informativa concentrada y tradicional, y un poder judicial funcional a sus intereses.

Sin embargo, todos los que hoy marchan contra el Estado mercantilista, los privilegios de clase, los congresistas corruptos y el gobierno de Dina Boluarte son tildados de revoltosos o terroristas. Y tienen a policías y militares que se infiltran en sus manifestaciones para sabotearlos o golpearlos, y a veces: matarlos. Asimismo, tienen un poder judicial contra ellos que actúa aceleradamente para encerrarlos y callarlos, pero es muy lento para resolver los casos más sonados donde políticos y empresarios están involucrados.

En este contexto me pregunto: ¿Cómo aceptar que somos iguales si la voz de los que menos tienen es callada a la fuerza? ¿Cómo confiar en los políticos del Congreso si ya van modificando la Constitución a su regalado antojo, pero no quieren que le consulten a la población si está a favor del cambio de constitución? ¿Cómo creer en la política congresal, si las acciones de la mayoría de congresistas apestan? ¿Por qué un gobierno puede usar la fuerza policial y militar para reprimir, reducir o disuadir protestantes y porqué los ciudadanos no tienen derecho a defenderse de sus opresores?

No es justo que la protesta de los privilegiados se llame «indignación ciudadana», y la protesta de los sin privilegios se llame «vandalismo» o «terrorismo». Los sin privilegios no protestan con armas de fuego, pese a que son golpeados, pese a que son saboteados por infiltrados, pese a que se exponen a perder la vida. Su protesta no es terrorismo. Su protesta es contra el sistema mercantilista y corrupto que sostiene privilegios de clase con la complacencia del gobierno de turno. Tampoco es justo que policías y militares tengan que matar a peruanos por el solo hecho de pensar distinto.

La responsabilidad de los acontecimientos actuales es de los políticos que ejercen el poder, ellos dan las órdenes que reprimen y matan. Son los políticos que defienden privilegios de grupos de poder económicos los que provocan el terror. Y no es uno, ni dos, ni tres, son muchos los políticos que provocan el miedo, la rebelión ciudadana, la sangre y el enfrentamiento de peruanos contra peruanos.

Hoy el gobierno quiere imponer la paz con miedo, represión y muerte. Olvidan que los peruanos tienen internalizado que los derechos ciudadanos se han logrado y se siguen logrando, mediante protestas. Y aunque en nuestro país la ingratitud es famosa, los reclamos que hoy unos hacen, son el bienestar de todos, mañana.

En los últimos días también Dina Boluarte y los políticos que la defienden están llamando al diálogo. Pero no dan señales de querer atender las demandas ciudadanas. Sin esas señales, será difícil que puedan conversar las partes en conflicto. Sin esas señales será casi imposible que cese el ataque y la muerte entre peruanos.

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