De un «desaplicado» que sigue siendo antropólogo: Antrop. Crisanto
Cuando egresé de una universidad pública peruana a inicios del siglo XXI (año 2000), el mercado laboral no publicaba avisos diciendo «se necesitan antropólogos». Para quienes volvimos a provincias, nuestro derrotero fue convertirnos en gestores de una línea de la antropología para aplicarla en el terreno de la práctica social. Por supuesto que hemos utilizado —y seguimos utilizando— la metodología etnográfica (la observación participante, el pensamiento reflexivo y la elaboración de hipótesis; tal vez no siempre las entrevistas a profundidad). Frente a esto, me pregunto: ¿acaso hemos desnaturalizado las realidades socioculturales?
Conozco a muchos profesionales de mi generación (alrededor de los 50 años) que lograron posicionarse desde cargos modestos hasta puestos de alta responsabilidad. No «se chuparon» cuando les tocó asumir roles como asesores, gerentes, autoridades, coordinadores de proyectos o escritores que llegaron con una postura o la fueron tomando en el camino. Creo —porque lo siento— que todas y todos aspiramos a un poquito más de poder. Y no sé si el doctor Luis Reyes Escate, con todo el respeto que se merece, no desee también un poquito más de poder.
Sin embargo, me llama la atención de ciertos antropólogos (incluso de mi misma generación) que, cuando se les invita a laborar en provincia, lo primero que preguntan es: «¿Y cuánto voy a ganar?». He sido testigo mudo de cómo rechazan ofertas argumentando que es muy poco; he observado a antropólogos profundamente críticos del sistema capitalista exigir privilegios y adoptar estilos de vida que antes señalaban con el dedo. Y mejor no sigo describiendo.
¿Qué mundo ayudamos a sostener?
Yo conozco mundos, conozco conductas culturales, costumbres, hábitos y formas de pensar. Si me ubican en el grupo de los que se unieron a la «maquinaria extractiva», vayamos por partes:
No conozco personalmente al antropólogo Jaime de Althaus más que por algunas de sus publicaciones, pero ¿el hecho de que piense diferente, sea un crítico del modelo estatista e intente comprender el «capitalismo al estilo peruano» lo convierte acaso en un demonio? Tampoco conocí en persona al maestro José Matos Mar cuando fue condecorado por el Congreso de la República, ni a otros tantos colegas con los que no coincidí, pero no creo que eso los invalide.
Siguiendo con el tema del extractivismo: en redes sociales leía a alguien preguntarse dónde están hoy aquellos que promovían el lema «¡Agua sí, minería no!» frente al avance devastador de la minería e industrias ilegales. ¿Por qué no se pronuncian ante la destrucción manifestada en nuestros ríos, bosques y hábitats? Yo no me considero parte de quienes defienden una «ecología enferma» que terminó devorando el corazón de las ciencias sociales. Simplemente me pregunto: las comunidades campesinas, las comunidades nativas, los grupos sociales que habitan la selva (soy de San Martín), ¿desnaturalizan su realidad sociocultural? Tengo mi propia lectura. ¿El antropólogo es el responsable? ¿Nosotros les hemos adormecido las mentes? Tampoco creo que sea así. Cada antropólogo sabe cómo ha llegado al lugar donde está.
La crisis del oficio y la realidad territorial
Lo que sí nos debe preocupar (y lo digo desde mi realidad local para no generalizar) es que cada día hay menos jóvenes que desean estudiar antropología. La confunden con la arqueología, la historia, la filosofía o la literatura; en resumen, no saben qué diablos es la antropología ni para qué sirve. Como me han dicho estudiantes de quinto año de secundaria: «Dicen que me moriré de hambre si estudio esa carrera».
¿Pensarán que me quiero escapar del extractivismo? ¿Cómo debo entender la crítica de la carta?
- ¿Cómo si fuera parte de una burocracia privilegiada?
- ¿Cómo aquel que ya no piensa, no escribe, no debate y no hace trabajo de campo?
- ¿Cómo un antropólogo subsumido entre los werak’ochas —para usar los términos del respetado Luis Reyes Escate— y alineado a la cultura oficial?
- ¿Cómo aquel que calla o grita ante el dogma de «extraer, extraer, extraer»?
- ¿Cómo el etnocéntrico y promotor del paternalismo occidental que busca llevar a los «salvajes» hacia el «desarrollo civilizatorio»?
Permítanme decir que yo mismo he escuchado sentencias e incluso presenciado prácticas etnocéntricas dentro de las propias comunidades de pueblos originarios. Del mismo modo, cuando ingreso a las aulas de estudiantes de Derecho, Ciencias de la Salud o Ingeniería y pregunto «¿qué es la cultura?», la asocian de inmediato con lo viejo, con lo inservible, con música del pasado o en vías de desaparecer. Con cierta amargura, alguien llega a decir: «no sentimos el Perú». Lo dejo ahí.
Espero que, en las universidades donde se imparte la carrera, sean los hijos de los comuneros quienes la elijan, para que sean ellos —y no los mestizos que nos metimos a estudiarlos— quienes comprendan su realidad más y mejor. Sin embargo, la realidad territorial me demuestra que prefieren otras profesiones antes que la antropología. ¿Qué pasó? Hay que buscar en redes sociales el libro Los cholos y el poder; léanlo y piensen qué emerge de ahí. A mí me resonó la tensión entre el poder y los cholos. ¿Viejos o nuevos patrones socioculturales?
A modo de conclusión
Finalmente, el autor nos invita a dialogar en su Carta abierta a los antropólogos disciplinadamente desaplicados. Sin embargo, mi temor es que la respuesta venga respaldada únicamente por los credenciales académicos: «Yo soy profesor de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Doctor por el Museo Nacional de Brasil y fui Investigador Visitante en Harvard…». Mi otro temor es que el debate se reduzca a categorizarnos como «werak’ochitas» (concepto que yo imaginaba distinto).
Existo, y luego pienso que los antropólogos que nos encontramos dispersos en los diversos territorios estamos haciendo antropología aplicada con dignidad y rigor académico. Lo que pasa es que, sencillamente, también somos diferentes los unos de los otros.
