No nació la mujer para querida, por esquiva, por falsa y por mudable, porque es bella, débil, miserable, no nació para verse aborrecida. Corría el año 1810 en Arequipa, de pronto aparece Mariano Melgar un joven que tenía 20 años de edad, llevaba su vida apegada a Dios en el monasterio de San Jerónimo, pero leía los clásicos de Ovidio, se ilusionaba y quería por entonces a una señorita de nombre Manuelita Paredes a quien de cariño le cambió el nombre «Melissa», ya saben ustedes, capricho de poeta. Sin embargo…
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