La escuela vieja

Por: Enrique Plasencia Calvanapón No recuerdo cómo es que llegué a la universidad para dar el examen de admisión. Recuerdo sí que, después de darlo, nos encontramos con mi amigo José, hambrientos, desgastados y felices. Compramos bizcochos y plátanos en alguna carretilla y nos fuimos a la plaza de Armas de Trujillo a comprobar que habíamos cumplido el objetivo. Por la noche, la radio (único medio posible de conocer los resultados del examen) nos premiaría con la emoción de ser nombrados a través de un micrófono. Apenas había pasado la…

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