MI CRISTO REBELDE

RESTAURANDO UNO DE SUS TANTOS CRISTOS [540 x 480]

Por: Samuel Hooker Noguera

En esta Semana Santa, reflexiono sobre un tema  muy personal guardado en los recónditos de mi memoria. Para rescatar esos recuerdos, debo retroceder en el tiempo y ubicarme en mi Lima natal de hace unos 74 años, en mis 6 años de vida plena de interrogantes y curiosidades. Mis primeros  recuerdos son aquellos en que  mi madre me llevaba  hacia un céntrico jirón limeño, específicamente, a la calle Zamudio, en donde ingresábamos a una antigua casona, en cuyo zaguán habia un taller de reparaciones de imágenes y muñecas. El entrar a ese recinto era para mí muy impresionante, pues veia imágenes de yeso o madera y muñecas de biscuit  o de caucho, sin una pierna, o sin un brazo.  Pero la obra hasta ahora inolvidable, era una gran escultura a la que todos la llamaban el Señor de la Caída.

Al personaje que representaba la imagen lo veía imponente; su mirada impresionaba por su expresión de dolor y tristeza, pero a la vez, de bondad: Las múltiples llagas, la corona de espinas y su cuerpo vencido por el peso de la cruz, lo había obligado a hincar su rodilla en el suelo. En mis visitas, recuerdo que siempre encontraba a infinidad de personas implorando ante esa bella escultura, a la que yo, en mis tiernos seis años de edad, la veía bella; no me causaba pena, pues en mi mente en formación percibía el delicado trabajo del tallado de la madera y el color natural de su cuerpo, en especial, de sus expresivas  manos.

Ya adolescente, como alumno del colegio religioso del Externado de Seminario de Santo Toribio, vivía prendado de las muchas esculturas antiguas que existían en ese cuatricentenario seminario. Esas vivencias, más las de mi hogar y  mis visitas a la casona del Señor de la Caída, todo ello fue forjando en mí  una voluntad de acercarme al arte del tallado, el que ejercí desde muy temprana edad lo que, junto con  mis estudios de investigación  histórica y de restauración monumental, marcó el definitivo camino de mi vida.

Hace más de 60 años que no he vuelto a visitar  al Señor de la Caída, pero debo hacerlo antes que termine mi ciclo vital; lo debo hacer para decirle (estoy seguro que me escuchará)  que fue él quien me llevó a ligar mi profesión con otros Cristos.

En efecto, en Lima restauré un cuadro que representaba al Cristo en la cruz, antiguo lienzo ubicado en la Casa de Ejercicios del convento de los Descalzos, cuadro ante el cual San Francisco Solano oraba  todos los días. Coincidencias de la vida: desde hace 25 años domicilio en la calle San Francisco Solano, en la urbanización  San Andrés.

EL CRISTO OTUZCANO [540 x 480]

Por el año  de 1965 ejercí la docencia en Otuzco. Con  mis alumnos decidimos restaurar los retablos del templo el que en la actualidad es un museo. Mientras los alumnos cumplían la tarea que les encomenaba, decidí hacer un aporte personal  ofreciendo al parroco restuarar la imagen del Crucificado que se encontraba abandonada en el deposito del templo. Restaurada la imagen, fue fijada en una nueva nueva cruz y colocada delante del  retablo mayor del antiguo templo. Hace pocos años,  volví a Otuzco y me reencontré con el Cristo,  ahora colocado al lado izquierdo del nuevo santuario.

Volviendo a Trujillo, en 1970  tuve  un encuentro con otro Cristo. Era una imagen en tamaño natural que había sido destruída por la caída  de la cúpula de la Catedral a causa del sismo del 31 de mayo, lo que significó la destrucción total del bello retablo mayor.  Al día siguiente de la tragedia, con mi esposa y seis soldados, rescatamos de los escombros hasta la último pedazo del retablo y de sus imágenes destrozadas, lo que en 1984 permitió retaurar ese valioso retable que desde entonces se luce en la Catedral

Sucedido el sismo, al  entonces arzobispo, Mons.  Jurgens le ofrecí mi colaboración de restaurar la imagen del Cristo destruida por el sismo, imagen hoy colocada a la entrada izquierda de la catedral trujillana.  Cada vez que ingreso a esa recinto, me emociono al ver a muchas personas orando  ante mi ”Cristo rescatado”.

Culminando estos recuerdos, debo volver a mi infancia. En la casa paterna había una buena colección de antiguedades que mi madre conservaba con esmero: para nosotros las considerábamos obras artísticas, ajenas a su condición de imágenes sacras.

En casa había un cajón en donde se guardaban muchas pequeñas piezas talladas, maltratadas; entre esos trebejos había una pequeña escultura  -de unos 25 centímetros-,  trabajada en madera de naranjo, sin encarnado, o sea, al natural. Era muy antigua,  pero  estaba abandonada por que no tenía brazos. Cuando me inicié en el tallado, siempre tuve la intención de completarle sus miembros. Muchos fueron mis intentos,  pero curiosamente, a pesar de mi habilidad, nunca me salieron en proporción a la escultura, la que siempre  terminaba en su cajón.

EL CRISTO REBELDE [540 x 480]

Cuando me afinqué en Trujillo –hace ya 52 años-, traje de la casa paterna muchas antiguedades, pero nunca fui conciente cómo llegó esa pequeña escultura olvidada.

Hace algunos años, pensando que pronto perdería la fuerza de mis manos, decidí  insistir en tallar  los brazos a la imagen, pero no pude lograrlo. Vencido en mi afan, miré  esa pequeña escultura sin brazos y comprendí que  mi frustración guardaba un mensaje del Cristo.  Fue  entonces que decidí que esa imagen, no  volvería a ser olvidada. Preparé una peana para fijar en ella al “Cristo Rebelde”, porque así enpecé a llarmarlo.

Terminada mi pequeña obra, recordé el mensaje interior que supuestamente había recibido de ese “Cristo rebelde”, lo que me llevó a escribir en esa peana la siguiente frase: “NO NECESITO BRAZOS, TENGO LOS TUYOS”. Mi Cristo rebelde, tenía razón. Hasta ahora, a mis 80 años de edad, todavía conservo la fuerza en mis brazos, que en realidad no son míos, pues pertenecen  a mi Cristo, el rebelde.

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