La escuela vieja

Por: Enrique Plasencia Calvanapón

No recuerdo cómo es que llegué a la universidad para dar el examen de admisión. Recuerdo sí que, después de darlo, nos encontramos con mi amigo José, hambrientos, desgastados y felices. Compramos bizcochos y plátanos en alguna carretilla y nos fuimos a la plaza de Armas de Trujillo a comprobar que habíamos cumplido el objetivo. Por la noche, la radio (único medio posible de conocer los resultados del examen) nos premiaría con la emoción de ser nombrados a través de un micrófono.

Apenas había pasado la mitad del año y parecía imposible que sólo unos meses atrás estábamos vistiendo el gris y blanco del triste uniforme escolar. Era julio o agosto de 1992 y habíamos concluido los estudios secundarios ¡en febrero de 1992! Es decir, unos tres meses después de lo normal. Y, aun así, sin tiempo para la pre, ni para estudiar en casa, trabajando (José y yo nos dedicamos, por unos días, a vender agua, galón por galón, en el mercado La Hermelinda) y hasta empeñando algunas cosas, nos enfrentamos al reto de ingresar a la universidad. Del colegio en el que estudiamos, no fuimos los únicos. Varios miembros de nuestra promoción lo hicieron en ese ingreso, y decenas de otros, en futuros próximos ingresos, tanto a la ansiada “nacional” como a la única universidad privada de aquellos tiempos.

Lo dicho no es, en absoluto, una forma de vanidad. Es, más bien, una manera de enfrentar el inusitado interés de muchos en la “urgencia” de reanudar las labores escolares. Obviamente, las circunstancias eran distintas: en esos días aciagos, salíamos de la peor crisis moral, económica y social de nuestra historia, organizada, auspiciada y llevada a su máximo esplendor por aquel sujeto inefable que fue Alan García a la que le siguió la destrucción de los valores sociales e individuales inherentes a cualquier sociedad civilizada, promovida por el séptimo hombre más corrupto del mundo, el japonés (cuando el convino) Alberto Fujimori. A ello se sumaba que no teníamos teléfono, internet, redes sociales informáticas y menos formas de perder el tiempo.

Y nos habíamos quedado sin clases porque el SUTEP, cuando no, había logrado una de sus más prolongadas y exitosas huelgas. Y a pesar de su extensa duración, no perdimos el año escolar. Las autoridades educativas lo prolongaron hasta el año siguiente. Nada grave pasó, la vida continuó y José, hoy, es un prestigioso catedrático que forma a una nueva generación de idealistas –si cabe el término-. Muchos de aquellos que terminamos el año escolar “al año siguiente” hicimos una vida de lo más normal. No ha quedado en nosotros estigma alguno de tal tropiezo.

Hoy, casi tres décadas después, la mayor parte de la población –y sus estudiantes- tienen acceso a televisión, radio, internet y todo tipo de aparatos o sistemas que permiten una comunicación más fluida (al menos, así se dice). La crisis que hoy vivimos, sin dejar de serlo, casi tiene los mismos efectos, aunque las causas ya no son el BCCI, el tren eléctrico, los dólares MUC o el afán de riqueza de los corruptos gobernantes. Contrariamente a aquel oscuro momento de la historia, hoy asistimos a una crisis en la que la mayoría de peruanos está poniendo su cuota de esfuerzo para superarla. Y son muy pocos los que se atreven a luchar por sí mismo y no por un país que quiere surgir de sus cenizas.

Pero, como siempre, los bemoles se muestran. Uno de ellos es el inicio de clases. Hay una exagerada presión para dar inicio a las labores escolares. ¿Y qué si no las reiniciamos o lo hacemos en junio, julio? ¿Tan grave es que los niños se queden en casa? ¿Es que, acaso, no podríamos invertir todos los recursos disponibles para que nuestros maestros, en vez de saturarse con este estrés, tengan lo que en Europa se llama “un año sabático” y se dediquen a la búsqueda del equilibrio en todos sus niveles?

Hemos hecho del tiempo la razón para no vivir. Queremos que nuestros hijos pasen por la escuela lo más rápido posible. No son pocos los casos en los que padres de niños que nacieron en alguno de los últimos meses del año luchan para que sus hijos ingresen a la escuela en el mismo grado que los que nacieron a inicios. No son pocos los casos en los que un padre considera a su hijo “exitoso” porque ingresa a la universidad a los dieciséis y a los veinte ya es profesional y a los veintiuno ya trabaja y a los veinticinco ya trabaja en otro país. Y son más los que consideran que la estimulación temprana, el pre kínder, la cuna o cualquier otro tecnicismo que suene a “progreso” son justo lo que la sociedad les ha dado para liberarse de la complicada tarea de educar.

¿Será acaso que la escuela es la tarea más importante en estos momentos? O, tal vez, ¿Hemos olvidado lo que es vivir, la experiencia de criar, la esperanza de formar? Porque una familia que piensa más en mandar a los suyos para que otros los doten de un perfil “acorde a las exigencias del mundo de hoy”, simplemente está renunciando a lo que ayer fue la familia como “célula fundamental de la sociedad”.

La humanidad, como conjunto, está en serio riesgo. Pero la humanidad, como valor, está en un momento crucial que le permitirá renacer o convertirse en las cenizas que el viento esparcirá desde este pequeño nanopunto del universo, infinitesimalmente más pequeño que el virus que hoy nos ataca.

Valoremos a nuestra casa como el origen de una nueva forma de enfrentar la vida. Olvidaba decirles que el barrio donde José y yo vivimos la infancia estaba tapizado de paredes de adobe, calles de arena, techos de estera y cañabrava, pobreza extrema y, a veces, fuegos de artificio. Y común era compartir la mesa, los libros y revistas, los amigos, la alegría y la tristeza. Y vivimos para contarlo.

Un día, contaremos también la proeza de haber superado este momento.

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