Marco Aurelio Denegri. Érase un Hombre al que le Gustaba Muchísimo la Mermelada de Fresa.

Marco Aurelio era ya un cuarentón cuando le exigía a Rosa, el ama de llaves de la casa, comprar dos potes de mermelada a la semana. Aseguraba «el doctor» –así lo llamaba Rosa, aunque su jefe no ostentase ningún título doctoral– que el rico dulce tenía propiedades beneficiosas para el cerebro y la memoria. Tenía que ser de la marca Susy.

Le encantaba su color bermellón y su textura durita. Pero cuando dejó de venderse, tuvo que reemplazarla por otra que no satisfacía del todo su goloso paladar. Así es que Rosa, presta a sus caprichos, tenía que cocinar a fuego lento cada pote nuevo hasta encontrar el punto dulce que le gustara a MAD, abreviatura de las iniciales de Marco Aurelio Denegri, que en inglés quiere decir loco.

Rosa Torres (64) cuenta esta escena íntima de la vida de MAD en el recibidor de la que fue su casa, ubicada en un parque de Santa Beatriz, a pocas cuadras de la caótica avenida 28 de julio. Frente a ella está la butaca de caoba donde él se sentaba cruzado de piernas a pasar horas leyendo. Rosa la mira. Hace siete meses que su jefe murió, pero ella sigue viniendo de lunes a viernes, como lo hizo por treinta y cinco años, que es el tiempo que trabajó para él, que lo acompañó, pues MAD nunca se casó ni tuvo hijos.

Viene a limpiarle el polvo a la casa, a continuar ordenando alfabéticamente los libros de su biblioteca, a decirle buenos días. Llega a las diez de la mañana, ya no a las seis, como antes, hora en que, en sus épocas más productivas, encontraba a MAD ya despierto, desayunado y leyendo. «Se levantaba a las tres a estudiar, se leía tres libros al día», dice Rosa, a la que, por cierto, nadie le paga por venir.

Podríamos decir que esta mujer es la persona que más tiempo pasó con MAD. El autodenominado polígrafo autodidacto (¡no autodidacta!); el hombre que sabía de todo sin necesidad de Google (no tenía internet en casa); el que llegó a hablar seis idiomas sin haber ido a un instituto; el que tenía un programa en la tele en el que, a veces, los únicos protagonistas eran él y sus palabras; el que solía decir verdades tan crueles como «uno puede soportar a otro ser humano tres horas seguidas como máximo». Si esto fuera cierto, Rosa ha sido el ser humano que más lo ha soportado.

«Cuando hablábamos de la muerte, yo le decía: si yo me muero primero quiero que me cremen y guarden mis cenizas en esta casa en una urnita que diga ‘aquí yace su servidora fiel'», cuenta Rosa, que, recelosa como es con las cosas de MAD, ha accedido a abrirnos la puerta de esta casa únicamente porque él lo quiso en vida, pues fue columnista de este semanario.

La casa está tal cual. Los mastodónticos reproductores de sonido antiguos siguen allí, dominando la sala, el comedor, los pasadizos, luciendo sus compulsivamente ordenados cables de conexión. MAD era un audiófilo, que no es lo mismo que melómano: era amante del sonido fiel de la música.

«Un parlante para cada instrumento, ¿escuchas, Rosa? Allí está el cajón y allá la voz de Eva Ayllón», dice Rosa que le insistía el doctor cuando se sentaban a escuchar música. Tenía gustos diversos: música criolla, rock en inglés y español, instrumental, clásica, latin jazz. Su colección de vinilos y discos compactos es pequeña pero rica, hay de todo: Raúl García Zárate, Jorge Cafrune, Frank Sinatra, Óscar Avilés.

La biblioteca, un área de la casa hasta hace poco restringida, se convierte hoy en un espacio liberado. Rosa nos deja entrar. No hay sitio para más libros, los anaqueles repletos ocupan casi toda la habitación, del suelo al techo, dejando un reducido lugar para el escritorio. Hay hileras completas de libros sobre los temas más frecuentes de MAD: la mujer, el amor, la gallística, la homosexualidad, el sexo… manuales, ensayos, investigaciones sobre la sexualidad humana en inglés, español, alemán.

MAD fue el primer hombre que habló en televisión sobre el condón. Era 1963, eran sus primeras entrevistas. Toda la familia, la mamá Leonor y las tías, esperaban emocionadas la aparición y las palabras de Marquito, el hijo único, el abogado egresado de la universidad San Marcos. Su abuelo había sido vocal de la Corte Suprema, su tío, asesor de un presidente, él no podía ser menos.

Y ¡zas!, Marquito aparece hablando del condón y debuta como sexólogo, oficio escandaloso para una ciudad tan mojigata como Lima y una familia tan conservadora como los Denegri Santagadea.

Por 45 años, el tiempo que MAD ha salido en televisión –su último programa fue ‘La función de la palabra’ de TV Perú–, habló sin eufemismos de la masturbación, la eyaculación precoz, el goce extramarital, el punto G, el orgasmo, el sexo anal. Hizo pedagogía sexual para todo tipo de público y en señal abierta.

¿De dónde obtenía MAD tanta cancha en el asunto sexual si se la pasaba leyendo? Del jirón Huatica, un antiguo barrio de burdeles donde hasta el año 56 se desempolvaba medio Lima, decía MAD en un programa alusivo, y a donde iba con amigos a medirles el rendimiento sexual.

«Marquito venía de una familia conservadora, la sexología era para él una salida a la opresión, esto le generó un desencuentro con sus padres, en especial con la madre, que se fue distanciando de él, y la señora Rosa llenó ese vacío», interviene el huaracino Carlos López (70), amigo de la infancia de MAD, quien estuvo escuchando atentamente las anécdotas que fue liberando Rosa. Ahora, ella nos lleva al comedor, donde nos espera una mesa llena de libros.

«Aquí le leíamos al doctor cuando ya no veía con un ojito por las cataratas», comenta. Eran cuatro en total las mujeres que atendían las demandas del doctor. Dos eran digitadoras que trascribían en la computadora sus manuscritos, que eran abundantes. MAD escribía sus libros a mano.

Rosa atesora los manuscritos de su jefe. MAD ha dejado cuadernos con anotaciones diversas. En uno de ellos se lee una lista enumerada y minuciosa de las veces que fue mencionado en algún periódico o un programa de la tele: F. Vivas habla de MAD / 18 de julio del 2002; Maritza Espinoza habla de MAD / 6 de marzo del 2003. El lóbrego mamífero que parecía ser estaba al tanto del reconocimiento público; MAD sabía que era una celebridad.

Rosa no permite que veamos un cuaderno más, parece que le entra un remordimiento. «Esto lo hago por ti, para que te mantengan vivo», dice justificándose ante su jefe ausente.

Como decía Carlos, el amigo de MAD, Rosa fue para el doctor una madre, una que le cosía camisas hechas de la tela con la que visten a los bebés, que le buscaba invitados para su programa, que daba consejos a sus enamoradas para que la relación prospere, la intermediaria de las llamadas telefónicas de sus amigos y la que le compraba sus mermeladas de fresa.

Y fue ella quien lo convirtió al catolicismo. Como sabemos, MAD era ateo, pero los días que estuvo internado en el hospital, cuando se le complicó la hernia inguinal que lo postró en cama, el dolor era tal que Rosa llevó unas monjas para que le rezaran.

«Le preguntaron si era católico y, qué habrá sido, pero respondió sí lo soy. Ya ves doctor, Dios te va recibir allá, le dije, y me agarró la mano: gracias, Rosa, eres una buena mujer.

MAD murió días después.

¿Qué pasará con su casa? Rosa no lo sabe. No dejó testamento, ni herederos. Podría convertirse en un museo. Por lo pronto, Andrea, la digitadora, sigue tipeando los manuscritos de reflexiones que dejó MAD. Rosa no deja que muera esta casa.

La República vía febook /Barranco vintage

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