El magistrado

Por: Rosendo P. Vía Castillo
Juez de la Corte Superior de Justicia de La Libertad

El magistrado volvió la mirada para leer en silencio, por última vez, las letras góticas colocadas sobre la puerta de aquel edificio que lo cobijó en los últimos años de su vida laboral: Corte Superior de Justicia de La Libertad.

Era la frase que llevaba impregnada en lo recóndito de su alma desde que tuvo noción de su vocación.

Primero sirviendo a su institución como técnico judicial en un hermoso pueblo de la sierra, luego como testigo actuario, secretario judicial y relator de Sala en la sede de Pizarro, en Trujillo; para ingresar a la magistratura allá por los setenta, tal cual lo soñó despierto entre los apacibles cerros de aquel pueblo y una frenética lluvia que sólo había visto en su infancia, en otro pueblito del ande peruano.

Pero antes de aquel profético sueño, recordó que cuando terminó la secundaria, jaloneado por la literatura y el periodismo, decidió estudiar Derecho ilusionado en que dicha carrera le sería útil para luchar por la justicia social en su país, acicateado por la vocación de servicio, la sensibilidad y el sentido común que la literatura había conseguido afinar en su persona.

A la mitad de carrera sin embargo, después de completar los cien libros de la Historia de la Literatura Latinoamericana y leerlos vorazmente casi a tiempo completo, gracias a las huelgas en la universidad, se planteó la posibilidad de dedicarse de lleno a la literatura, de estudiar una carrera afín para trabajar como docente, escribir libros que nunca publicaría, y por supuesto, estudiar y ejercer el periodismo, otra de sus pasiones que, fungida casi empíricamente durante su vida universitaria, le había deparado tantas satisfacciones.

Finalmente la carrera de Derecho fue la elegida, le seducía aquello de “dar a cada uno lo que legítimamente le corresponde”, el servir al litigante más humilde y al más potentado, con absoluta imparcialidad.

Era un hombre sencillo, de vestir y costumbres austeros, vivía con su familia en una modesta casa de dos pisos ubicada en la avenida del Ejército, desde donde se transportaba a todas partes en su antiguo chevrolet que había adquirido de segunda mano, a exigencias de un buen amigo que quería vender el suyo para comprarse un auto del año.

Detestaba el elogio fácil, las caminatas en alfombras rojas, la parafernalia de pomposas ceremonias protocolares, a veces con discursos sosos, aburridos y tan mal leídos que tenía que simular su incomodidad.

Se preciaba, eso sí, de haber iniciado su trabajo de juez tecleando sus sentencias en una antigua rémington que cuidaba como una joya, se sabía de memoria cada una de sus teclas, le daba mantenimiento y le cambiaba las cintas él mismo, sin permitir que el personal de la Corte le echara mano; aunque después, admirado por los avances de la tecnología, tendría que escribir resignado, en una computadora a la que le costó buen tiempo adecuarse, porque para él, escribir en una rémington era mucho más placentero: el dulce sonido del tecleo y sus elucubraciones lógico-jurídicas lo transportaban a otro mundo del que regresaba culminada la resolución, al teclear el último punto final, la mayoría de veces a deshoras de la noche en que retornaba a casa.

Sí, para el magistrado era un acto ritual místico el construir una sentencia, desde colocar la hoja en blanco en la máquina de escribir, acomodar el voluminoso expediente que ya había estudiado, a su izquierda, y los códigos y obras jurídicas que hicieran falta, a su derecha; persignarse encomendándose a Dios, e iniciar su redacción con el encabezamiento, la parte expositiva, considerativa, y culminar con el fallo, dando la razón a una de las partes y ganándose el reclamo o la queja de la perdedora. Otra cosa que siempre recordaba con nostalgia era el traslado del histórico local de Pizarro, en el que había trabajado toda su vida, al nuevo y moderno de Natasha Alta, inaugurada si su memoria le era fiel, el ocho de diciembre del año dos mil siete.

También fue testigo del cambio de horario de atención de la tarde a la mañana, lo que le pareció muy conveniente.

De mente cultivada, a sus lecturas literarias añadía, en su tiempo libre, las de historia universal y peruana, que le encandilaban; la buena música, desde el folklore peruano y del mundo hasta la clásica que lo acompañaba en sus horas de trabajo en el despacho, así como degustaba de otras manifestaciones del arte.

Cómo había pasado el tiempo, desde que juramentó como magistrado de primera instancia, el ocho de agosto de mil novecientos setenta y ocho, a los treinta años, y anduvo por varios juzgados y varias salas superiores impartiendo justicia; hasta hoy, en que lo notificaron con su resolución de cese, a los setenta años de edad.

Mientras seguía mirando desde las afueras de la Corte, el letrero de su denominación, mil recuerdos pasaron por su mente: los buenos momentos con los colegas, con su personal, con los propios litigantes y abogados en las audiencias de cada día.

Hizo un breve balance de su labor como juez: trabajó con honestidad, con empeño, en sus decisiones tuvo más aciertos que errores y estos últimos le sirvieron de aprendizaje para corregirlos, pero quienes tendrían el veredicto final de su gestión serían los usuarios y los abogados, no él, aunque en ese aspecto se sentía tranquilo, en paz consigo mismo.

Hizo un somero balance, luego, de su vida personal. Seguía casado y enamorado de la mujer de su vida, sus tres hijos ya eran profesionales e independientes, buenos ciudadanos, amorosos y laboriosos. Pero, a pesar de ello, siempre se había reprochado en silencio el poco tiempo que le quedaba para la familia, para los hijos, sobre todo cuando éstos eran aún pequeños.

Por dedicarse de lleno al trabajo, a las extenuantes capacitaciones, maestrías y doctorados, se había perdido momentos inolvidables con ellos y eso no se lo devolvería la institución ni los usuarios. Tampoco le sanarían esta gastritis ulcerosa que había contraído por almorzar en horarios irregulares, entre audiencia y audiencia, lo que acarreó serios problemas a su salud; ni la arritmia producto del estrés laboral, ni la bronquiectasia que padecía a causa de los ácaros y del polvillo de los expedientes, sobre todo de los más antiguos.

Sin embargo, estaba agradecido con la institución que le dio la oportunidad de desarrollarse como profesional, de servir a su comunidad coadyuvando a la paz social.

Antes de retirarse, recordó su indignación ante los escandalosos casos de corrupción en otras Cortes del país que afectaban a todo el Poder Judicial, y los justificados reclamos de la sociedad; deseó fervientemente que se expulsaran a esos pocos corruptos de la institución y terminaran en la cárcel, así como que el gobierno asumiera con seriedad y, sobre todo, brindando el presupuesto necesario para la interminable reforma de tan importante poder del Estado.

Finalmente subió a su antiguo chevrolet, miró una vez más el letrero aquel y dijo para sí que, si volviera a nacer, elegiría ser magistrado de la República otra vez.

Pisó el acelerador y partió rumbo a su exilio, la soledad.

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